Un poco de historia

roma-y-greciaEl uso de sustancia para acicalar y hermosear el cutis y agregados, es antiquísimo.

 
Los pueblos orientales, los egipcios, Grecia y Roma, los usaron en exceso. La India y Arabia, países del aloe y del incienso, de la mirra y del benjuí, suministraban mil penetrantes perfumes obtenidos de las embriagadoras flores que en aquellas comarcas crecen.

 
Los fenicios aportaban materias colorantes cuya fama ha llegado hasta nuestros días. Los armenios y griegos primero, y los romanos más tarde, elaboraron preciosos aceites y bálsamos de las más raras virtudes. Más lejos, allá en los últimos confines de los países por donde nace el sol mezclaban a estas esencias, pomadas y arreboles, las emanaciones del opio.

 
Para convencerse hasta donde había llegado el uso de todas estas sustancias entre los moradores del Oriente, basta con observar el minucioso estudio que habían hecho de todas ellas.

 
Los más elevados personajes dedicaban muchas horas a estas cuestiones, y no es de extrañar que Cleopatra y otras reinas del tocador, escribieran extensos tratados sobre los cosméticos que tan hábilmente manejaban.

 
En los banquetes griegos cada invitado se presentaba completamente teñido y perfumado, por cada parte del cuerpo tenía su perfume especial. La menta por ejemplo en los brazos, el aceite de palmera en el pecho, para los codos y las rodillas la esencia de la hiedra y la pomada de amoraduj se la untaban en las cejas y en los cabellos.

 
Usaban el perfume extraído de las hojas de la vid para mantener la lucidez de la inteligencia, para favorecer la digestión el perfume de violeta y el aroma de membrillo para contrarrestar el sopor de la dispepsia.

 
Roma en sus primeros tiempos hizo muy poco uso de tales atavíos y refinamientos, pero pronto adquirió la afición por el lujo, para llegar más allá en cuanto al uso de los cosméticos.

 
Se teñían el cabello con mirto, jugo del cipus y cáscaras verdes de las nueces. Para evitar las canas usaban una mezcla de aceites, cenizas y pasta de lombrices y para evitar la calvicie, las bayas de mirto y grasas animales.

 
El cabello para que estuviera rubio se ponían vinagre con jugo de membrillo y ligustro, práctica muy en boga entre las mujeres.

 
En suma, el tocador de una dama romana era un verdadero almacén de los más variados productos.

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